Parte 1


Capítulo 1: ¿Suerte o desgracia?


En un extenso páramo de montañas, lleno de tranquilidad y alejado de cualquier civilización, se encuentra el Monte Paoz. Allí, en una pequeña casa vive un buen anciano llamado Son Gohan, que en su juventud fue el discípulo número uno del gran maestro Mutenroshi.
Un día vio caer del cielo un gran objeto que aterrizó con fuerza, cerca de la zona donde vivía. Sin pensarlo dos veces, salió corriendo para averiguar de qué se trataba.
Gohan era un hombre muy veloz, gracias al entrenamiento que había recibido en un pasado, por lo que llegó a dicho lugar en un abrir y cerrar de ojos. Se acercó cuidadosamente al enorme cráter que había causado el impacto del objeto volador y, cuando por fin empezaba a despejarse la polvareda, vio como se abría poco a poco la puerta de la nave, y empezaba a oír un llanto desconsolado.
-¡Pero... ¿Un bebé?!- exclamó el anciano en cuanto vio lo que había en el interior de la nave. -No sé cómo has llegado hasta aquí, pero no te dejaré solo. Te llamaré... ¡Son Goku!-
Y con el buen corazón que caracterizaba a Gohan, acogió al bebé y lo convirtió en su nieto adoptivo.

Un año después de la llegada del bebé extraterrestre, Gohan se disponía a salir a pasear para recoger comida con la que ambos subsistían. Son Goku se encontraba en el interior de una gran cesta que su abuelo llevaba a la espalda. El niño era muy inquieto y en un pequeño despiste Goku cayó de la cesta y estuvo a punto de precipitarse por un gran barranco cercano al suceso. Pero, "afortunadamente", Son Gohan logró sujetar al pequeño justo a tiempo e impidió, de este modo, la caída.

Fueron pasando los años, y el abuelo se encargó de enseñarle los más básico: caminar, hablar, leer, contar, etc. También intentó enseñarle modales, pero Goku era demasiado arrogante para esas cosas. Los días pasaban, y el carácter del pequeño no cambiaba en absoluto, era cruel, arrogante y orgulloso. Sin embargo, Gohan no perdía la esperanza y creía que, con el paso del tiempo, llegaría el cambio.
Aquella sedentaria vida, sumergida en la rutina, sacaba de quicio a Son Goku. El instinto del niño pedía a gritos acción, pelea... quería combatir, y muy de vez en cuando, su abuelo mantenía pequeños enfrentamientos con él. Y aunque no era exactamente lo que Goku buscaba, le servía para calmar temporalmente sus ansias de combate. Además, gracias a su talento innato para aprender a combatir, el pequeño copiaba fácilmente la técnica de lucha de su abuelo.

Tras 10 años conviviendo juntos, prácticamente sin moverse de las afueras de su casa, Goku sentía curiosidad por explorar el resto del planeta y conocer cosas nuevas. Hasta que un día, salió de casa decidido a llegar más allá. Aquel día, caminó sin parar durante bastante tiempo, y sin darse cuenta llegó al lugar dónde se encontraba la nave espacial en la que vino a la Tierra.
Se acercó tanto como pudo y entonces empezó a escuchar una voz femenina proveniente de la nave. Se colocó a una distancia en la que se escuchaba con claridad el mensaje, que decía repetidamente: "Cumple tu misión, elimina a los habitantes".
Al oír este mensaje, el cerebro de Goku reaccionó inmediatamente. De alguna forma, se veía obligado a hacer lo que aquella voz le decía sin saber que, durante todo el viaje que hizo camino de la Tierra, fue escuchando ese mismo mensaje, una y otra vez, hasta que fue "programado" para cumplir dicha misión.
Tal y como había llegado hasta allí, volvió por el mismo camino sin detenerse hasta llegar a su casa. Gohan estaba esperándole en la puerta de casa, estaba anocheciendo y no era normal que Goku tardara tanto en volver. Al cabo de un rato, el anciano vio a su nieto llegar de entre unas cañas de bambú, y en ese momento le preguntó:
-¿Se puede saber dónde estabas? Llevas todo el día fuera y no sé dónde te metes. Me tenías preocupado.-
Goku no respondió. Siguió andando y se detuvo frente a Gohan.
-Venga, entra. Vamos a cenar.-  Dijo Gohan, con una amplia sonrisa.
-No.- contestó su nieto, fríamente.
-¿Qué dices? ¿Te encuentras bien?- preguntaba Gohan sin saber qué ocurría.
-Tengo que matarte.- respondió Goku mientras cerraba el puño con fuerza.
Entonces, el anciano se sorprendió y, durante un instante, no supo cómo reaccionar. Goku intentó darle un puñetazo a su abuelo en la cara, pero Gohan lo detuvo con facilidad y, de una patada en el estómago, envió al pequeño a varios metros de distancia. Goku cayó de espaldas tendido en el suelo, tenía los ojos cerrados por el impacto de la patada y, al abrirlos, vio inesperadamente una gran luna llena en el cielo.
Cada latido que daba su corazón era más fuerte que el anterior, sus ojos se tornaron completamente rojos, su ropa se iba rompiendo a medida que crecía. Y, finalmente, completó su transformación en Ozaru. Aquel enorme mono se golpeaba el pecho mientras Gohan pensaba: "Oh, no. Es igual que aquella vez... Bueno, si le aprieto la cola perderá el conocimiento y solo tendré que esperar hasta que salga el sol."
Son Goku, ahora convertido en mono gigante, daba puñetazos a todo lo que encontraba en su camino, ya fueran rocas, árboles o incluso su propia casa.
Gohan se esforzaba, inútilmente, en detener aquella bestia. Pero su nieto no se lo ponía nada fácil. Goku cogió una gran roca y la lanzó contra su abuelo que, a duras penas, consiguió esquivar. Entonces lanzó una ráfaga de energía por la boca, que cogió desprevenido al anciano, e impacto de lleno en él. Gohan estaba gravemente herido, perdía mucha sangre y se empezaba a marear. Vio como su nieto, convertido en un mono de magnitudes gigantescas y fuera de control, se dirigía hacia él. El mono levantó un pie, Gohan cerró los ojos y pensó:
"Me hubiera gustado compartir más tiempo contigo, enseñarte a ser una buena persona y valorar aquello que amas. Adiós, Goku"
¡¡BROM!!
Aquella fatídica pisada se pudo oír por todo el Monte Paoz. Gohan había muerto.

Unas horas más tarde, justo cuando los primeros rayos de sol comenzaban a asomarse por el horizonte, Goku volvía a la normalidad. No recordaba nada de lo que había hecho durante su transformación, pero dedujo que, de alguna manera, todo aquel desastre lo había provocado él. Entró en casa y, apartando algunos escombros, encontró el pequeño armario donde guardaba su ropa. Sacó una vestimenta idéntica a la que llevaba el día anterior y se la puso.


No sentía tristeza por la pérdida de su abuelo, en realidad estaba contento porque, desde ese momento, tenía un objetivo en la vida: Eliminar a los terrícolas.



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